El Reino Perdido

¿Qué le prometió Dios a Abraham?

Parte 3

Isaac resucitado

Si Abraham iba a recibir la tierra junto a su descendencia (Gn 17:8), entonces es imprescindible que haya resurrección.

Pero, ¿creía Abraham en la resurrección?

En Génesis 17, milagrosamente y contra su propia incredulidad, Sara en su vejez le da un hijo a Abraham. Este era el hijo de la promesa:

Dios le replicó: — Te digo que Sara te dará un hijo, al que llamarás Isaac. Con él y con sus descendientes mantendré perpetuamente mi alianza (Gn 17:19, BLP)

Y así nació Isaac, para sorpresa y alegría de Sara.

Sara quedó embarazada y, en la fecha predicha por Dios, le dio un hijo al viejo Abraham (Gn 21:2, BLP)

Y añadió: — ¡Quién le iba a decir a Abraham que Sara amamantaría hijos! Sin embargo, yo le he dado un hijo, a pesar de su vejez (Gn 21:7, BLP)

Así Isaac fue creciendo, hasta que fue destetado y Abraham hizo ese día un banquete para festejarlo (Gn 21:8). Pero Dios tenía más sorpresas preparadas para esta familia, y la fe de Abraham fue puesta a prueba grandemente:

Después de estos hechos, Dios quiso poner a prueba a Abraham; así que lo llamó: — ¡Abraham! Respondió Abraham: — Aquí estoy. Y Dios le dijo: — Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, a Isaac, dirígete a la región de Moriá y, una vez allí, ofrécemelo en holocausto, en un monte que yo te indicaré (Gn 22:1-2, BLP)

Impactante. Después de todos los problemas y años de espera. Después de haber equivocado el camino de la promesa con la esclava Agar e Ismael, el hijo no prometido. Después de haber recibido misericordia de Dios en la vejez de Sara y ver al verdadero heredero llegar y crecer, ahora el Señor le pide a Abraham que lo entregue en sacrificio.

Pero la fe de Abraham era real, sólida. Sin dudarlo un segundo, emprendió el viaje y se dispuso a obedecer.

Por la fe Abraham, puesto a prueba, se dispuso a ofrecer a Isaac en sacrificio; el depositario de las promesas debía sacrificar a su hijo único, aquel de quien Dios le había dicho: Isaac asegurará tu descendencia (Hb 11:17-18, BLP)

Abraham comprendió lo que el sacrificio implicaba. Si en Isaac le sería llamada descendencia (Gn 21:12), pero Dios ahora le pedía que lo entregara, entonces la resurrección era inevitable. Aunque nunca hubiera escuchado de tal cosa, ni supiera de persona alguna que se levantara de los muertos y volviera a la vida, Abraham estaba convencido de que para Dios no resultaría difícil.

Daba por supuesto Abraham que Dios tiene poder incluso para resucitar a los muertos; por eso, el recuperar a su hijo fue para él como un símbolo (Hb 11:19, BLP)

Para Abraham, la mayor prueba de fidelidad y poder de parte de Dios ya había llegado, y ese era Isaac. La existencia de su hijo era para él un mojón enorme.

Como amigo personal de Dios, Abraham comprendió que hay resurrección.

El Dios de Abraham, Isaac y Jacob

Una vez Jesús discutía con la facción de los saduceos, una secta racionalista de los judíos que, entre otras cosas, no creía en la resurrección.

Ellos le pusieron una trampa al Maestro, queriendo ver si lo atrapaban en alguna contradicción. Jesús no solo responde sin contradecirse, sino que corrige la ignorancia de ellos.

Los saduceos eran un caso raro. Eran una minoría elitista. En tiempos de Jesús, en realidad, lo más común era la creencia en la resurrección al final de los tiempos, tal como revela la conversación con Marta, la hermana de Lázaro (Jn 11:21-24).

En cuanto a que los muertos han de resucitar, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Pues bien, él es Dios de vivos y no de muertos. ¡Ustedes están muy equivocados! (Mr 12:26-27, BLP)

Porque Dios no es amigo de muertos, y para consternación de los incrédulos saduceos, Jesús anuncia lo que ellos no podían comprender: Abraham vive; tiempo presente, no futuro lejano.

Abraham, aunque murió sin recibir lo prometido, aún va a alcanzarlo. Porque las promesas de Dios viven, y Abraham vive también.

Abraham no conoció la Biblia, pero conoció personalmente al Dios fiel. Para él, el Reino de Dios —la Patria Celestial, la ciudad cuyo arquitecto y fundador es el Señor— no eran solamente palabras, sino manifestación gloriosa del poder del Dios Viviente (1 Co 4:20).

Abraham sin lugar a dudas creyó en el poder de la resurrección (Fil 3:10-11).

Cuestión de tiempo

Abraham saludó de lejos la promesa sin recibirla, de forma muy similar a cómo a Moisés le fue permitido contemplar la tierra de Canaán sin entrar en ella (Dt 32:49-50). Si Abraham solo pudo saludarla de lejos, entonces no llegó, se quedó en el camino, porque se quedó sin tiempo.

Pero en cierto sentido, sí llegó a verla. Porque creyó que un día, por medio de la resurrección, él también formaría parte de las bendiciones que Dios preparó para su descendencia.

¿Cuándo es ese día, entonces? El día en que los justos como Abraham, a quienes se les terminó el tiempo en esta vida, resucitarán para vida eterna. La respuesta es muy clara cuando dejamos que la Biblia hable por sí sola. Marta, por ejemplo, a quien ya mencionamos, sabía la respuesta:

Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero (Jn 11:24, RV1960)

El día postrero es el día de la resurrección. El último día de esta Era presente. El día que da paso al reino Mesiánico que durará mil años, o también, lo que por aquí llamamos El Reino Perdido.

¿Y dónde estará ese reino exactamente? Bueno, en todo el mundo, en realidad. Porque así lo entendía Abraham —y también el apóstol Pablo:

Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que
sería heredero del mundo
, sino por la justicia de la fe (Ro 4:13, RV1960)

Pero más específicamente, en Israel. El Mesías prometido, como simiente y heredero absoluto de Abraham (Gá 3:16), reinará sobre todas las naciones con vara de hierro (Sal 2:9; Ap 19:15), y sobre el monte de Sion se dará a conocer, y todo ojo lo verá (Ap 1:7). Porque sobre Jerusalén será rasgado el velo con el que están envueltas las naciones, y desde allí vencerá la muerte para siempre.

Y destruirá en este monte la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que envuelve a todas las naciones. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque Jehová lo ha dicho (Is 25:7-8, RV1960)

En Israel, la tierra prometida eternamente (Sal 105:8-11) a él y a su descendencia, es donde Abraham recibirá, finalmente, todo aquello que el Dios fiel le prometió al final de los tiempos.

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