El Reino Perdido

¿Qué le prometió Dios a Abraham?

Parte 2

Abram creyó

Abram le creyó a Dios y le fue contado por justicia. El apóstol Pablo nos enseña que, por haber creído la promesa, él es padre de los que son de fe (Gá 3:7), y Santiago agrega que la fe de Abram lo convirtió en amigo de Dios (St 2:23)

Abram creyó, ¿pero recibió lo prometido?

Hebreos 11 no deja lugar a interpretación en cuanto a esto:

Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra (Hb 11:13, RV1960)

Abram no recibió la promesa. Pero Dios no miente, y si dijo, es porque va a hacerlo (Nm 23:19)

¿Puede Dios entonces cumplir la promesa aunque la persona ya no esté viva?

Abram no recibió

Concretamente, la promesa que Dios hizo tenía tres partes: bendecir a las naciones a través de Abram, una descendencia innumerable, y la tierra de Canaán.

¿Hay promesas tan grandes que no se puedan cumplir? La Escritura dice que no, si quien promete es fiel (Hb 10:23). Esta promesa en particular, además de fidelidad, requiere mucho poder de parte de quien la realiza. Pero sabemos que para Dios no hay nada imposible (Lc 1:37)

Según la Biblia, las promesas se cumplieron en la historia de Israel, tal como lo dice Nehemías:

Tú eres Jehová el Dios que escogiste a Abram (…) y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para darla a su descendencia; y cumpliste tu palabra, porque eres justo (Ne 9:7-8, RV1960)

¿Quién tiene razón entonces, Hebreos o Nehemías? ¿Nos encontramos ante una contradicción en la Biblia? Israel recibió lo prometido, ¿pero qué hay de Abram?

Padre de una muchedumbre

Imaginate lo siguiente. Ya sos viejo, con casi cien años. Ya has vivido tu vida y tus aventuras y no te queda mucho más por hacer. Un día sin embargo, Dios se presenta y dice que tu nombre, de ahora en más, va a cambiar.

Eso es exactamente lo que sucede a continuación en la historia. En Génesis 17 se relata que, a un Abram ya de noventa y nueve años, aún sin hijo al que heredar, se le vuelve a aparecer Dios y le trae, esta vez, un cambio de identidad.

—Mira, esta es la alianza que yo hago contigo: tú serás padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás ya Abram, sino que tu nombre, de ahora en adelante, será Abraham, porque yo te hago padre de una muchedumbre de pueblos (Gn 17:4-5, BLP)

Dios es creativo, y muchas veces se divierte con juegos de palabras. El nuevo nombre que le da a Abram es un juego con los sonidos en hebreo. Abram significaba "padre exaltado", pero Abraham suena parecido a decir "padre de una muchedumbre".

Es como si Dios, ahora que Abraham estaba mucho más cerca de la tumba, subiera aún más las expectativas solo para demostrar que en Él hay verdadero poder, como dice Hebreos 11:

Así que de uno solo, y ya sin vigor, surgieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo, incontables como la arena de la playa (Hb 11:12, BLP)

Pero aún así, Abraham no recibió. Solamente lo saludó desde lejos.

A ti te daré la tierra

Abraham no recibió la promesa, pero la creyó. Y eso tiene peso.

Abraham no vivió para verla concretada, pero eso no es impedimento para Dios.

El Señor nunca se detiene. Nada lo detiene. Ni siquiera la muerte.

Cuando creemos que un hombre casi muerto no puede ya vivir lo suficiente para alcanzar lo prometido, en ese momento Dios redobla la apuesta y se vuelve más concreta, más grande, más detallada. De los lomos de Abraham, por ejemplo, también saldrían reyes y reinos enteros.

Te haré extraordinariamente fecundo; de ti surgirán naciones y reyes (Gn 17:6, BLP)

Piensa en Israel, piensa en Judá. Piensa en Saúl, en David y en Salomón.

Y este pacto, por si fuera poco, no moriría con Abraham. Es un pacto eterno entre Dios e Israel para siempre.

Establezco mi alianza contigo y, después de ti, con todas las generaciones que desciendan de ti. Será una alianza perpetua: yo seré tu Dios y el de tus descendientes (Gn 17:7, BLP)

Y acá viene lo mejor de todo. Un detalle que es muy fácil pasar por alto. Una nota, una distinción que Abraham comprendió plenamente, pero que nosotros ignoramos.

Dios, sin timidez y sin sombra de duda, promete que Abraham habitaría la tierra junto a su descendencia.

Y daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos (Gn 17:8, RV1960)

Comprender que Abraham estaba incluido entre los que recibirían la tierra en posesión es la diferencia entre espiritualizar —es decir, vaciar de significado— el resto de la Biblia, o creer que Dios es fiel y que aún queda para Abraham una parte por cumplir, porque el Señor no es Dios de muertos, sino Dios de vivos (Mt 22:32)

Así que, ¿quién tiene razón? ¿Nehemías o Hebreos?

Israel como pueblo de Dios recibió el cumplimiento de la promesa, pero Abraham no. Él murió saludándolo de lejos solamente. Para recibir la plenitud del cumplimiento, era necesario algo más. Algo que escapara de toda posibilidad humana. Y Abraham lo sabía.

Por eso Abraham creyó en la resurrección, y en un reino eterno de Israel hacia las naciones, trayendo bendición inimaginable y nunca antes vista al mundo. Eso es lo que llamamos aquí El Reino Perdido.