Parte 1
Todos conocemos la historia
Si sos cristiano y tenés un nivel básico de conocimiento bíblico, la pregunta del título debería ser fácil de responder para vos, ¿verdad?
Primero, el principio. Luego, Adán y Eva en el huerto. Ahí vino el pecado y la caída. Expulsados de Edén y sus hijos enemistados hasta la muerte. Pasaron varias generaciones hasta que se levantó Noé, hombre justo que construyó el arca en la que Dios lo salvaría a él y a su familia. Los malos son borrados de la tierra y vuelta a empezar.
Entonces Dios les dice a los descendientes de los hijos de Noé que se separen y vaya cada uno por su lado a poblar el mundo. Y, de nuevo, desobediencia: torre de Babel, confusión de lenguas y ahora sí, dispersados por el mundo.
Es en ese punto, en Génesis capítulo 12, que nos encontramos con Abram. Hasta ahí, poco sabemos de él, salvo el nombre de su padre, Taré, y que era de la tierra de Ur de los caldeos (Gn 11:31)
Entonces Dios lo llama. No sabemos por qué ni a dónde. Las instrucciones no son claras, excepto la de dejar a su padre y su tierra para ir a una tierra que Dios mismo le iba a mostrar. Iba a contar con protección ("Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan", Gn 12:3a) y una gran promesa de bendición ("¡En ti serán benditas todas las familias de la tierra!", Gn 12:3b)
A todas luces, el llamado de Abram era a la aventura: Dios llamándolo a lo desconocido, a dejar la seguridad de la casa de su familia y seguir la voz del Señor sin rumbo definido.
Salió entonces Abram con Sarai, su mujer, y Lot, su sobrino, y llegaron a Canaán. Allí, Abram tuvo un encuentro directo con Dios:
El Señor se apareció a Abram y le dijo: —Yo daré esta tierra a tu descendencia.Entonces Abram erigió allí un altar al Señor, porque se le había aparecido (Gn 12:7, BLP)
La tierra que ahora pisaba, desconocida para él y habitada por los cananeos, Jehová, el Dios del universo, se la prometía por herencia para su descendencia.
"¿De qué descendencia habla?", habrá pensado en ese momento. Pero, igual que un necio que sabe pasar por sabio (Pr 17:28), Abram no dijo palabra y levantó allí mismo un altar al Señor que se le había aparecido, e invocó el nombre de Dios en ese lugar antes de seguir su viaje (Gn 12:7-8)
A la aventura lo llamaron, y aventuras vivió
Los siguientes dos capítulos y medio (12b hasta 14) nos cuentan que en Egipto tuvo miedo y casi pierde a su esposa, hasta que los echaron de allí. Su sobrino Lot había prosperado mucho bajo su cuidado y, para no tener problemas, se separan. Tiempo después, nueve reyes van a la guerra. Como resultado, los cuatro reyes vencedores saquean Sodoma y Gomorra, la nueva tierra de Lot, llevándoselo a él como rehén junto con todo lo que tenía.
Abram se entera, junta gente de entre su casa y sale a buscarlo como lo haría un héroe de película y, contra todo pronóstico, logra liberar a Lot y a toda su gente con sus pertenencias. En el camino de vuelta conoce a Melquisedec (capítulo aparte), quien lo bendice grandemente delante de Dios.
La promesa se mantiene
Luego de semejante montaña rusa de emociones, por si fuera poco, Dios se le aparece en una visión y le recuerda que la promesa del principio sigue vigente: "Muy grande va a ser tu recompensa" (Gn 15:1, BLP)
Abram escucha y medita. Ya es viejo, no tiene hijos, Sarai es estéril y la vida es agitada de este lado del Jordán. A este ritmo, y considerando todo lo que pasó, quizás no resista más que unos pocos meses.
Abram respondió: — Mi Dios y Señor, ¿para qué me vas a dar nada, si yo sigo sin tener hijos y el heredero de mi casa será Eliezer el damasceno? (Gn 15:2, BLP)
¡Y es en ese momento que Dios dice lo impensable!
Pero el Señor le respondió: — ¡No! Ese hombre no será tu heredero; el heredero será tu propio hijo (Gn 15:4, BLP)
Para sorpresa de Abram, resulta que Dios es un maestro muy didáctico. Lo lleva afuera, al frío de la noche del desierto, y le muestra el cielo brillante diciéndole:
Echa un vistazo al cielo y cuenta las estrellas, si es que puedes contarlas. ¡Así será tu descendencia! (Gn 15:5, BLP)
Abram queda pasmado y de boca abierta. Él conoce las estrellas, las observa todo el tiempo. Pero, bajo el manto de la noche y la voz del Señor hablando a su lado, las estrellas resultan verdaderamente incontables.
Aun así, Abram confió en su Dios, que lo eligió. No hubo sombra de duda, porque Dios era un amigo para él.
Y Dios correspondió el gesto:
Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia (Gn 15:6, RV1960)