El Reino Perdido

El Mundo
Bajo Cristo

Parte 2

Los enemigos del Reino

A la mayoría de nosotros se nos hace muy difícil relacionar a Jesucristo con el uso de la fuerza.

En definitiva, él es la figura misma de la inocencia (Is 53:7) y la mansedumbre (Mt 11:29) y jamás pretendió tomar el poder mediante las armas porque su Reino, de origen celestial, no utiliza los métodos carnales que acostumbran los hombres (Jn 18:36).

Pero por muy manso que era, también es cierto que a veces decía cosas que hacían temblar a sus enemigos, a veces de forma muy literal (Jn 18:5-6).

Una vez, cuando se acercaba su hora y estaba listo para su último viaje a Jerusalén, sus seguidores pensaron que el Reino sería inmediatamente manifestado.

Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y
ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente
. (Lc 19:11)

Así que, fiel a su costumbre, Jesús decide corregir las expectativas incorrectas de sus discípulos mediante el uso de una parábola.

Dijo, pues:
Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver
. Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo. (Lc 19:12-13)

Como preparándolos para lo que sucedería tiempo después, la famosa parábola sobre las diez minas comienza con un hombre noble (es decir, perteneciente a una dinastía) que necesitaba hacer un viaje para confirmar su reinado en otro lugar. Entre tanto que iba y volvía, encargó a sus siervos ocuparse de sus asuntos hasta su regreso.

Pero el hombre, además de servidores, tenía también enemigos a los que no les gustaba la idea de ser gobernados por él.

Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que este reine sobre nosotros. (Lc 19:14)

Ahora imagina esta escena. Los seguidores de Cristo esperaban que Jesús se tomara el reino en este viaje, pero con la parábola se encuentran algo inesperado. Lo que están escuchando de boca del Maestro es una sorpresa violenta, se podría llegar a decir.

Y eso es porque esta parábola no era una figura más. Esta historia estaba inspirada en hechos reales.

En el año 4 a.C., Herodes el Grande, rey de Judea, muere. Y es su hijo Arquelao el candidato mayor entre sus hijos a asumir el trono de su padre. Pero las cosas no eran tan sencillas. Como rey vasallo de Roma, Arquelao necesitaba confirmación de Augusto César, el emperador romano de ese tiempo.

Pero igual que en la parábola de las diez minas, el hijo noble del rey tenía enemigos. Arquelao no era para nada querido entre los propios judíos que se suponía debía gobernar. Al mismo tiempo que él emprendía su viaje a Roma, los judíos enviaron una delegación para presentar ante el César su queja y petición de denegarle su reinado, esencialmente haciendo eco de "no queremos que este reine sobre nosotros".

¿El resultado? César decide no hacer rey a Arquelao y en lugar de eso reparte el reino de Herodes el Grande entre cuatro de sus hijos, convirtiendo a Arquelao en etnarca de Judea y no en rey.

Las cosas, entonces, por supuesto que no quedarían así nomás, y la audiencia del Maestro lo sabía bien. Esta historia, real y reciente, había sucedido en tiempos en que Jesús era poco más que un recién nacido.

Y el desenlace no había sido nada bonito.

El retorno del Rey

Sobre el final de la parábola de Jesús, el noble regresa de su viaje ya habiendo recibido autoridad sobre su pueblo.

Luego de visitar primero a sus sirvientes para evaluar su desempeño en la tarea que les asignó, finalmente es turno de lidiar con sus oponentes. Llegó el momento de ejercer autoridad sobre aquellos que se opusieron a su legítima coronación.

Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí. (Lc 19:27)

Final abrupto y violento de una parábola del Maestro si los hay. Pero sus discípulos sabían de qué hablaba exactamente.

Arquelao volvió de su viaje y no estaba nada feliz con su coronación. Él fue a Roma con la intención de tomar el reino entero de su padre Herodes. En lugar de eso volvió a gobernar sobre una porción más pequeña y con menos autoridad de la que gozaba su antecesor. Y todo por culpa de los judíos que se interpusieron en su camino.

Si bien no era rey, sí que tenía poder y autoridad para tomar venganza de sus enemigos. A su vuelta tomó sus fuerzas militares y organizó una matanza de todos aquellos que habían interferido en sus planes.

Para los discípulos del maestro, el mensaje ya no era ningún misterio. La enseñanza estaba clara. Todo aquel que se opusiera a la autoridad del Rey pagaría luego las consecuencias.

Jesús se dirigía a Jerusalén no a ser coronado inmediatamente rey como ellos habían creído, sino a iniciar su viaje, de la misma forma que el noble de la parábola, para recibir el Reino Celestial de manos de su Padre Dios.

Esto es lo mismo que Daniel el profeta vio en visiones de Dios cuando estaba exiliado en Babilonia:

Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno
como un hijo de hombre
, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él.
Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran
; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido. (Dn 7:13-14)

La promesa es que cuando el legítimo Soberano haya tomado posesión del Reino eterno, sus enemigos tienen verdaderas razones para estar preocupados.

En su Reino ya no se aceptará ningún elemento revolucionario que amenace con romper la paz y prosperidad prometidas desde tiempos antiguos mediante los profetas. Cualquier oposición a su justo reinado debe ser absolutamente castigada.

Con vara de hierro

¿Por qué la gente se rebela contra Dios?

El Salmo 2 nos dice que los pueblos no quieren aceptar los mandamientos y la autoridad del Hijo. La ley del Señor les resulta opresiva y contraria a sus propios planes torcidos, así que los príncipes y presidentes del mundo deciden ir contra la autoridad del Hijo.

¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. (Sal 2:1-3)

Pero como dice el dicho, el que ríe último ríe mejor. Y en este caso la mejor risa de todas es la del Señor, que desbarata los planes perversos de las naciones con su ira.

El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.
Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira
. (Sal 2:4-6)

Dios Padre tiene ya preparado un Rey para este mundo, que pondrá en su lugar a todos sus enemigos (Hb 10:12-13). Este es el Rey que reinará sobre Sion, y no es otro que Jesucristo, su Hijo amado.

Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.
Los quebrantarás con vara de hierro
; como vasija de alfarero los desmenuzarás. (Sal 2:7-9)

Como a lo largo de toda la Biblia puede apreciarse, Dios no rehúye del uso de la fuerza cuando esta se vuelve verdaderamente necesaria.

Al final de los tiempos, cuando se haya manifestado finalmente el Reino sobre este mundo, Cristo pondrá orden y tomará venganza de los que hoy se oponen a sus decretos y a su autoridad, sin excepciones, hasta terminar el trabajo.

Luego el fin
, cuando entregue el reino al Dios y Padre,
cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia
. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. (1 Cor 15:24-25)

Una de las imágenes más fuertes y claras acerca del reinado del Mesías la encontramos en el Salmo 72, donde se pinta el cuadro de un reino fuerte, pacífico y duradero.

Oh Dios, da tus juicios al rey, y tu justicia al hijo del rey.
Él juzgará a tu pueblo con justicia
, y a tus afligidos con juicio. Los montes llevarán paz al pueblo, y los collados justicia. (Sal 72:1-3)

Bajo su mano firme y dura, la paz no tendrá límite ni final.

Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna. (Sal 72:7)

Y hablando de límites, lo dilatado de su imperio (Is 9:7) absorberá a todas las naciones del mundo.

Dominará de mar a mar, y desde el río
hasta los confines de la tierra
. Ante él se postrarán los moradores del desierto, y sus enemigos lamerán el polvo. (Sal 72:8-9)

Un Rey así de grande y poderoso, como no lo ha habido ni lo habrá después de Él, merece toda la alabanza de sus siervos, desde ahora y para siempre.

Aquella semilla que fue la promesa de Dios a Abraham, se manifiesta al final de los tiempos, cuando el bendito y deseado de las naciones (Hg 2:7) llene de gloria este mundo.

Será su nombre para siempre, se perpetuará su nombre mientras dure el sol.
Benditas serán en él todas las naciones
; lo llamarán bienaventurado. Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito su nombre glorioso para siempre, y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén. (Sal 72:17-19)

Por lo tanto, el fin trágico de los enemigos del Mesías no es otra cosa que el comienzo de la manifestación de la esperanza de los hijos de Dios.

Y debemos alegrarnos por eso.