El Reino Perdido

El Mundo
Bajo Cristo

Parte 3

El cántico de Ana y la resurrección

Cuando el tiempo de los jueces estaba llegando a su fin, Dios tenía un plan para Israel. El oscuro ciclo que caracterizó a esa época estaba a punto de terminar para dar paso a la siguiente etapa.

Jueces es un libro caracterizado por un constante alternar del pueblo entre abandonar a Dios, ser aterrorizados por sus enemigos, sufrir, arrepentirse y finalmente clamar a Jehová por liberación y victoria sobre sus opresores. Pero Dios pensaba levantar al último juez, quien no sería un guerrero, sino que actuaría como profeta y sacerdote a Su servicio.

El libro de 1 de Samuel comienza con la historia de Ana, su madre, cuando esta era aún estéril y era atormentada por Penina, la otra mujer de Elcana, su esposo. Como Penina tenía hijos, aprovechaba esa ventaja para exaltarse sobre su rival que por su parte no podía dar descendencia a Elcana.

La historia es conocida. Ana llora amargamente en la presencia de Dios y el sacerdote Elí es testigo de la escena. Allí mismo Ana promete a Dios dedicar a su hijo al servicio del Altísimo si tan solo Dios le concediera concebir para su esposo:

E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza. (1 Sa 1:11)

Ante tal muestra de humillación por parte de Ana, Dios escucha su deseo y ella concibe a Samuel, a quien cria hasta destetarlo para luego llevarlo delante del sacerdote Elí y dejarlo a su cuidado.

La historia de Ana termina con ella adorando a Dios (1 Sa 1:28), y elevando una canción que quedaría inmortalizada en la Biblia como una de las oraciones más hermosas jamás elevadas.

En ella, Ana manifiesta una de las realidades espirituales más misteriosas de todas las Escrituras: El Señor desecha a los malvados y levanta a los humildes (Mt 23:12).

Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y
los débiles se ciñeron de poder
. Los saciados se alquilaron por pan, y los hambrientos dejaron de tener hambre; Hasta la estéril ha dado a luz siete, Y la que tenía muchos hijos languidece. (1 Sa 2:4-5)

Su experiencia de vida con su esterilidad, la competencia con Penina y la posterior intervención de Dios a su favor depositaron una firme certeza en su corazón que nadie podría quitar nunca más: el Señor se agradó de ella (Stg 4:6) y por eso su plegaria fue oída.

Inspirada por el Espíritu Santo, su canción se expande y sobrepasa a la misma Ana a través de trazos proféticos que atraviesan esta vida y llegan a lo profundo de los misterios de Dios.

Jehová mata, y él da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y él enriquece; Abate, y enaltece. (1 Sa 2:6-7)

La dinámica entre la vida y la muerte, comparándolas con la humillación y la exaltación con las que ella misma tanto se identificaba, es revelada de forma muy sutil en los labios de Ana.

La muerte (el descenso al Seol) es equivalente a derrota y humillación. Subir del Seol, en cambio, significa ser enaltecido (Sal 16:10).

Ana, quizás sin darse cuenta, profetizó acerca de la resurrección de Jesucristo.

Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y él afirmó sobre ellas el mundo. (1 Sa 2:8)

Y por si nos quedaran dudas al respecto, el cántico termina con una imagen de un alcance cósmico y una grandeza terribles. En su hora de mayor gozo, en el pico de su oración, Ana pinta un cuadro sobre la llegada sobrenatural del Mesías desde el propio cielo, como rey y soberano de las naciones para gobernar con el poder y la autoridad de Dios.

Delante de Jehová serán quebrantados sus adversarios, y sobre ellos
tronará desde los cielos
; Jehová juzgará los confines de la tierra,
dará poder a su Rey
, y exaltará el poderío de su Ungido. (1 Sa 2:10)

La canción de Ana nos habla entonces de la humillación y exaltación de Cristo, junto con su muerte y resurrección, que le otorgan finalmente al Ungido de Dios el poder y autoridad para gobernar al mundo.

Parece como si la Palabra nos quisiera decir que es desde la mismísima tumba, de entre el polvo y la muerte, que la justicia del Reino brotará como fruto de la tierra.

¿Bendición o maldición?

Cuando Adán pecó, una de las consecuencias inmediatas fue la maldición de la tierra por parte de Jehová.

Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. (Gn 3:18)

A partir de ese momento y cuando la humanidad trabajara la tierra para producir alimentos a partir de ella, las fuerzas se le escaparían y el trabajo se multiplicaría.

Pero a pesar de la maldición, Dios muestra el camino de vuelta. Cuando el Señor escoge y llama a Israel, específicamente le enseña la forma concreta de revertir la maldición de la tierra.

Ejecutad, pues, mis estatutos y guardad mis ordenanzas, y ponedlos por obra, y habitaréis en la tierra seguros;
y la tierra dará su fruto
, y comeréis hasta saciaros, y habitaréis en ella con seguridad. (Lv 25:18-19)

A partir de escuchar y poner por obra los mandamientos de Dios, el pueblo judío tenía la posibilidad de saltearse la maldición de la tierra, porque Dios volvería a bendecirla con abundancia de alimento, pero también con paz y seguridad para sus habitantes.

Pero sabemos que Dios no hace acepción de personas (Hch 10:34). Los salmos por ejemplo nos hablan de la bendición que Jehová quiere derramar sobre todas las naciones, a través del conocimiento de su camino (es decir, sus mandamientos).

Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; Haga resplandecer su rostro sobre nosotros; Para que sea
conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación
. (Sal 67:1-2)

Cuando sus caminos sean conocidos por todos los pueblos (Hab 2:14), será entonces cuando la gente de las naciones serán por igual apacentadas por el buen pastor (Jn 10:14).

Alégrense y gócense las naciones, Porque juzgarás los pueblos con equidad,
y pastorearás las naciones en la tierra
. (Sal 67:4)

La promesa dice que al abrigo del Altísimo y la sombra del Omnipotente (Sal 91:1), la alegría y gozo de las naciones se transforman en alabanzas que explotan desde el corazón de los habitantes de la tierra hacia el Dios de Israel.

Te alaben los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te alaben. (Sal 67:5)

Y entonces, así como Dios promete bendición a su pueblo, la promesa se extiende al mundo entero, y la tierra produce aquello para lo que fue creada.

La tierra dará su fruto
; nos bendecirá Dios, el Dios nuestro. (Sal 67:6)

De esa forma, la abundancia, paz y seguridad es extendida hasta los últimos rincones del planeta, porque Dios hizo el mundo para un gran propósito. Al contrario de lo que mucha gente cree, Dios no se equivocó al crear el mundo ni sus habitantes, sino que siempre en su poder y soberanía cumplirá todos sus propósitos (Is 46:9-10)

Concretamente, el Señor creó la tierra para que fuese habitada por personas que amen al Creador y vivan bajo la sombra de su amor.

Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso;
no la creó en vano, para que fuese habitada la creó
: Yo soy Jehová, y no hay otro. (Is 45:18)

Pero ahora, ¿qué pasa con aquellos que, amando a Dios, no vivieron para ver las promesas? (Hb 11:13)

Es decir, ¿cuándo, por ejemplo, Dios cumplirá la promesa que le hizo una vez a los mansos, de tierra y abundancia de paz, si los mansos ya no están en este mundo? (Sal 37:11)

Por supuesto que si los muertos no resucitaran (1 Cor 15:12), entonces sí tendríamos, sin dudas, un gran problema en nuestras manos. Pero para los hijos de fe, no existe tal problema.

Así como el profeta Isaías lo vio de antemano, en la promesa de la resurrección está la respuesta que Dios tenía preparada desde que todo se arruinó en el huerto.

Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán
. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas,
y la tierra dará sus muertos
. (Is 26:19)

Con la resurrección del día postrero (Jn 11:24), el mayor misterio de todos los tiempos es consumado. Todo vuelve a su origen, mejor que al principio.

La misma tierra que fue maldita por culpa de Adán, la misma tierra que Dios prometió bendecir con abundancia una vez más, y la misma tierra de la cual subía el rocío antes del tiempo del diluvio (Gn 2:6), será esa misma tierra desde la que Dios vuelva a formar a aquellos justos que en fe murieron, aguardando las promesas.

Entonces Jehová Dios
formó al hombre del polvo de la tierra
, y sopló en su nariz aliento de vida,
y fue el hombre un ser viviente
. (Gn 2:7)

Por la resurrección de Cristo, la maldición es revertida, y el nuevo comienzo para toda la creación (Ro 8:21) está finalmente manifestado a los hombres.

Justicia que brota de la tierra

No solo Adán llevó la culpa. La tierra también fue maldita por el pecado de Caín.

En su afán de ser mejor que el justo Abel, su hermano, Caín levantó contra él su mano, quitándole la vida y derramando sangre inocente.

Por castigo de Dios la vida de Caín y aún hasta su sustento físico serían una tortura de ahí en más. Maldito de la tierra, errante de la tierra y extranjero sería en una tierra que le agotaría hasta su propia fortaleza. La existencia de Caín sería miserable a causa del mal que había hecho al inocente Abel.

Ahora, pues,
maldito seas tú de la tierra
, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra. (Gn 4:11-12)

Desde aquel primer hecho violento en la historia de la humanidad, la sangre de Abel espera con paciencia para ser vengada, tal como una vez lo describió Jesús en discusión con los hipócritas fariseos.

Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros
toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo
hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. (Mt 23:34-35)

Si bien la sangre de Abel y los demás profetas fue reclamada de manos de la generación de judíos del primer siglo (Mt 23:36), la Biblia nos muestra que todavía los mártires que murieron por el testimonio de Jesucristo están aún aguardando que su sangre sea, a su vez, vengada.

Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las
almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían
. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero,
no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra
? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos. (Ap 6:9-11)

Aún al día de hoy en todo el mundo hay muchos creyentes que exponen y pierden su vida por causa del testimonio del Cordero de Dios (Ap 12:11). Las almas de todos ellos se encuentran al presente debajo del altar de Dios, esperando el día en que su sangre también sea reclamada a los moradores de toda la tierra.

Pero así como la ira de Dios se enciende, con justicia, sobre aquellos que derraman sangre inocente, esa misma ira sabe detenerse a tiempo para volver a dar bendición en abundancia a los que hacen el bien. Dios que es grande es su misericordia (Sal 103:8) promete ser propicio a la misma tierra que una vez maldijo cuando el hombre se corrompió.

Fuiste propicio a tu tierra, oh Jehová
; Volviste la cautividad de Jacob. Perdonaste la iniquidad de tu pueblo; Todos los pecados de ellos cubriste. Reprimiste todo tu enojo; Te apartaste del ardor de tu ira. (Sal 85:1-3)

La humanidad que una vez fue castigada y expulsada del huerto de Edén se pregunta a veces hasta cuándo se mantendrá el enojo del Creador.

Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, y haz cesar tu ira de sobre nosotros. ¿Estarás enojado contra nosotros para siempre? ¿Extenderás tu ira de generación en generación? (Sal 85:4-5)

¿Hasta cuando, Señor? ¿Hasta cuándo andaremos errantes como Caín? Nuestro castigo, Señor, es grande para ser soportado (Gn 4:13) y peligramos ante la muerte a cada instante (Gn 4:14) (1 Cor 15:30-31).

¿Cuándo será el día, Señor, en que nos darás vida en lugar de muerte?

¿
No volverás a darnos vida
, para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos, oh Jehová, tu misericordia,
y danos tu salvación
. (Sal 85:6-7)

¡Gloria a Dios, que no desecha para siempre! (Lm 3:31-32) Así como aflige y castiga, también sana y restaura (Os 6:1). Por tanto, un día volverá a dar vida a aquello que con muerte hirió (Ro 6:23). Pero esta vida eterna no es para todos, sino para aquellos que aman y temen su buen Nombre.

Ciertamente cercana está su salvación a los que le temen,
para que habite la gloria en nuestra tierra
. (Sal 85:9)

Para ellos, quienes aman su camino, es que la vida misma volverá a brotar de la tierra.

La verdad brotará de la tierra
, y la justicia mirará desde los cielos. Jehová dará también el bien,
y nuestra tierra dará su fruto
. La justicia irá delante de él, y sus pasos nos pondrá por camino. (Sal 85:11-13)

Son ellos, los justos que participan de la primera resurrección, quienes serán ministros y siervos de Dios durante el reinado eterno del Mesías.

Estos son los mansos y justos que heredarán la tierra en abundancia de paz (Sal 37:11).

Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección
; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo,
y reinarán con él mil años
. (Ap 20:6)