El Reino Perdido

El Mundo
Bajo Cristo

Parte 1

Como relojes detenidos

Hay un dicho popular que dice que un reloj detenido es capaz de dar correctamente la hora dos veces al día.

De forma similar, una vez Jesús enseñó en una parábola que las personas, aunque injustas y quizás por las razones incorrectas, también son capaces de hacer cosas correctas.

En tiempos de Cristo, aún con todas sus faltas y sus fallas, los fariseos comprendían muchas cosas bien. Una de ellas era que el Reino de Dios estaba todavía por venir, tal como Jesús anunciaba (Mt 4:17).

En una ocasión, preguntaron al Maestro exactamente cuándo sería la venida del Reino. Jesús no les dijo cuando, porque el día y la hora nadie lo sabe (Mt 24:36), pero si les advirtió que no vendría con aviso.

Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros. (Lc 17:20-21)

Ante tal respuesta los fariseos quedaron, como de costumbre, tan maravillados como confundidos. ¿Cómo podía ser que el Reino de Dios ya estaba entre ellos? El desconcierto en sus rostros era palpable.

Pero como sucedía a menudo, lo que Jesús dejaba en misterio para los de afuera, luego lo explicaba a su círculo cercano, a sus discípulos. Luego de responder a los fariseos, Jesús se vuelve hacia sus seguidores y les explica un misterio.

Aunque de momento el Reino ya estaba entre ellos, habría un tiempo en que ellos sufrirían la ausencia del Rey.

Y dijo a sus discípulos: Tiempo vendrá cuando desearéis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. (Lc 17:23)

Pero luego de eso, al momento del regreso del Rey, todo sería repentino y con gran estruendo en su manifestación.

Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día. (Lc 17:24)

Entonces Jesús cambia de repente la conversación.

Para los oyentes del momento (o incluso para el lector hoy), el cambio podía parecer brusco y fuera de tema, pero el Maestro tenía una enseñanza más profunda en su corazón.

El Reino y la viuda insistente

Lucas, el autor del evangelio que lleva su nombre, nos cuenta que aparentemente Jesús quiso aprovechar la ocasión que le dieron los fariseos para enseñar a los suyos sobre la constancia en la oración.

También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. (Lc 18:1-2)

La parábola introduce una ciudad (o un reino) y un juez que funcionaba en ella como un reloj detenido, incapaz de cumplir su función apropiadamente, porque no tenía interés de servir a nadie ni nada más que a sí mismo.

En esta ciudad había también una viuda solitaria, que no reclamaba ni por comida ni por compañía. Su necesidad real era recibir justicia, la cual reclamaba de forma constante a aquel juez carente de interés alguno por hacer lo que era correcto y necesario.

Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. (Lc 18:3)

Pero igual que un reloj detenido que acierta la hora exacta un par de veces al día, el juez era capaz de hacer lo correcto de vez en cuando.

Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. (Lc 18:4-5)

Aunque sus motivos fueron, como mínimo, cuestionables, el juez injusto accede finalmente. La viuda recibiría justicia de mano del juez injusto. Su situación sería corregida. Se haría justicia en su nombre en contra del adversario que la oprimía.

Jesús termina la enseñanza con una indicación a escuchar, a la que debemos prestar particular atención.

Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. (Lc 18:6)

Nuestra atención, dice Jesús, debe ir hacia el reloj detenido.

¿Cómo es eso? ¿Quién realmente presta atención a un reloj que no funciona? En realidad, de forma sutil, Jesús está apuntando hacia una verdad del Reino de Dios, aunque la fuente no sea confiable.

En ese pequeño y raro momento de lucidez, al decidir hacer justicia a la viuda indefensa, el juez injusto dio la hora correcta.

Y cuando un reloj da la hora correcta, es bueno prestarle atención (Mt 23:1-3).

La venida del Reino y la necesidad de justicia

Por supuesto, la constancia en la oración es importante, tal como dijo Lucas al inicio del pasaje (Lc 18:1).

Pero, ¿de qué serviría la oración si quien nos escucha fuera como un reloj detenido? En cambio, Dios no es así. Al contrario, la respuesta de Dios no se adelanta ni se atrasa en la administración de sus juicios (Sal 121:4) (Sal 19:9).

¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? (Lc 18:7)

La recompensa y la seguridad de los hijos de Dios y sus oraciones está en el carácter y confiabilidad de quien los escucha y administra justos juicios a su debido tiempo (Ap 16:7).

Pero en este punto, no olvidemos algo importante. ¿Cuál fue la pregunta que disparó toda esta enseñanza?

Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia. (Lc 17:20)

Cuándo.

Esa fue la pregunta. ¿Cuándo vendría el Reino?

Pero era la pregunta incorrecta. Porque el cuándo se respondía con un simple a su debido tiempo (1 Ti 6:14-15). La pregunta, en realidad, debería ser otra.

Cuando el reloj del Reino marque la hora indicada, ¿qué debemos esperar?

Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lc 18:8)

En otras palabras, Jesús se pregunta, ¿cuando vuelva el Rey, nos encontrará orando con esperanza y con la misma insistencia que la viuda de su historia?

Lo que debemos esperar es lo mismo que hemos pedido, si es que entendimos la parábola. Esperamos justicia. Lo que la venida del Reino promete es justicia.

Y esta es la gracia que se nos prometió. La gracia que Jesucristo trae para los que aman su venida (1 Pe 1:13). Y esa es exactamente la esperanza a la que hemos sido llamados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. (Mt 5:6)

Lo que los profetas anticiparon.

Justicia.

He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu;
él traerá justicia a las naciones
. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará,
hasta que establezca en la tierra justicia
; y las costas esperarán su ley. (Is 42:1-4)

Lo que los apóstoles reafirmaron.

Justicia.

Esto es demostración del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual asimismo padecéis. Porque
es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan
, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder. (2 Ts 1:5-7)

Un Reino justo.

Un Reino donde ya no hay necesidad, ni hambre de justicia, porque el Cordero satisface toda necesidad (Ap 7:16-17). Donde las buenas obras son recompensadas, y toda mala obra debidamente castigada (Ro 2:9-10).

Nuestro mundo, bajo el reinado justo del Mesías, es la esperanza última del corazón, firme como un ancla en el corazón del justo que persevera en oración (Hb 6:18-19).